¿Qué son las dificultades de procesamiento sensorial?

En los años 60, la doctora Jean Ayres (terapeuta ocupacional estadounidense), se dio cuenta de que cada niño respondía de manera diferente en función de la información que recibía del entorno. Por ello, dedicó su vida a estudiar las respuestas de estos niños, reflejando su hallazgos en la denominada teoría de integración sensorial.

Todos recibimos constantemente información del entorno, los movimientos y nuestro propio cuerpo, de manera que, según cómo la interpretemos damos una respuesta. Si un ruido nos molesta, nos tapamos los oídos; si algo nos hace daño, nos apartamos; si un movimiento nos relaja, lo repetimos cuando estamos nerviosos; si pasa algo y no nos enteramos, no respondemos. Todo ello, son sensaciones que pasan por nuestro Sistema Nervioso, tanto central (analiza y da una respuesta), como el autónomo (respuestas inmediatas ante una percepción de alarma). Este segundo es en el que se centra el procesamiento sensorial ya que las respuestas que se dan en él son automáticas, se rigen por el principio de acción-reacción, algo sucede y la consecuencia es inmediata. Yo no puedo evitar prestarle atención a un estímulo o, por el contrario que no se perciba y por tanto no haya respuesta.

Por ello, la  Dra. Ayres, definió la Integración Sensorial como la capacidad de recibir, procesar, organizar y responder a las sensaciones que recibe nuestro cuerpo del entorno.

Generalmente no nos paramos a pensar en cada cosa que sucede, actuamos en base a las experiencias previas que hayamos tenido y a la automatización de los aprendizajes. Ahora mismo, leyendo este documento, somos capaces de obviar aquella información que no nos resulta relevante para esta actividad. No nos afecta el ruido del tráfico que estamos escuchando (sistema auditivo) ni estamos pensando en mantener nuestro cuerpo en la postura en la que encontramos (sistema vestibular y propioceptivo), puesto que somos capaces de hacerlo de manera automática. Sin embargo, estamos recibiendo información a través del sistema visual y, gracias a la capacidad de ignorar las condiciones anteriores, podemos dedicar toda nuestra atención a valorar lo que hay aquí escrito, sacar conclusiones y poder hacer un análisis objetivo de la información.

¿Qué nos indica esto? Que nuestro estado de alerta es óptimo para esta situación y todo ello gracias a una correcta integración sensorial.

Ahora bien, imaginemos que mientras estamos llevando a cabo esta actividad y, de manera contraria al caso anterior, oímos todo lo que sucede: la puerta del vecino al cerrarse, la moto que pasa por la calle, el estor golpeando por el viento… nosotros queremos leer lo que pone, pero es como si nuestra cabeza no nos dejara porque hay un click dentro de ella que salta cada vez que oye un sonido.

Vamos a pensar también en nuestra postura, estamos sentados, con las piernas cruzadas o sin cruzar pero ni siquiera sabemos cuándo las hemos puesto en esa posición. Nos damos cuenta de que estamos tocándonos el pelo o moviendo el boli de nuestra mano dando golpecitos. Quizás estemos mordiéndonos las uñas o acariciando a nuestra mascota. Imaginemos que pasaría si, al no recibir bien la información de nuestro cuerpo, tuviéramos que estar pensando de forma constante en ella: no bajar el cuello que sino no leo el texto, no muevas las manos que te distraes, las piernas déjalas quietas o mejor ponlas cruzadas pero… ¿cómo se hacía? A ver voy a probar: primero levantar una, ahora me fijo dónde está la otra…

Nuestro estado de alerta se encontraría desregulado, es decir, no estaríamos siendo capaces de inhibir la información poco relevante y de facilitar el paso a la que sí lo es. ¿Por qué nos sucede esto? Porque nuestro sistema nervioso no lleva a cabo un procesamiento óptimo de la información sensorial. Extrapolemos este ejemplo a todas las actividades que hacemos diariamente. Todas y cada una de ellas requieren de movimientos de nuestro cuerpo y  de sensaciones constantes dadas por la información que recibimos en todo momento.

Desde que nacemos, nuestro primer contacto con el exterior es a través de los sistemas sensoriales y, en base a ellos reaccionamos: si tenemos frío, lloramos; si es hambre también; si nos acarician, sonreímos; si los sonidos o luces nos atraen, nos esforzamos porque se repitan…

¿Y cuáles son esos sistemas sensoriales? Pues SON SIETE.

5 externos: visual, gustativo, olfatorio, auditivo y táctil

2 internos: vestibular y propioceptivo

El enfoque de integración sensorial trabaja principalmente el táctil, vestibular y propioceptivo ya que son la base de las sensaciones que recibimos al nacer y a través de las cuáles construimos las experiencias.

Las dificultades de procesamiento sensorial, ¿pueden trabajarse?

SÍ. A través de la Terapia Ocupacional basada en el enfoque de Integración Sensorial. El niño se desarrolla a través del juego, que es su ocupación principal. Se enfrenta con ello a muchos desafíos diarios y va forjando aprendizajes satisfactorios. Este enfoque emplea el juego como herramienta principal. Parte de la motivación de cada niño que, guiado por un terapeuta especializado y debidamente formado, va creando desafíos justos. Le plantea situaciones dónde los juegos tienen inputs (carga sensorial) en función de las dificultades de procesamiento previamente observadas. Va introduciendo estos inputs según las capacidades de su sistema nervioso, obligándolo a estar activo y procesando la información de manera controlada. Así consigue desarrollar las habilidades y nuevas estrategias que le permitirán mantener ese estado de alerta del que hablábamos con anterioridad regulado. Se busca en todo momento que las respuestas del niño sean adaptativas, es decir, ajustadas al entorno en el que se encuentra.

Pongamos un ejemplo para entenderlo mejor: Si me encuentro sola, por la noche, un día de mucho viento o lluvia en un lugar oscuro y algo me toca la espalda, lo lógico es que mi sistema nervioso autónomo actúe como protección, es decir, puedo quedarme helada, salir corriendo o luchar contra eso. Esto sería una reacción normal. Pero si por el contrario, estoy en un lugar con gente, en alguna situación social común y algo me toca la espalda… la reacción debe ser diferente. Probablemente sea un conocido que me llama o alguien que ha chocado. Si en esta situación reaccionara como en la anterior, mi sistema nervioso autónomo está interpretando un peligro que puede venir dado por una hipersensibilidad táctil, por lo que mi respuesta será no estará adaptada a la situación correspondiente. Estoy recibiendo la información táctil como una amenaza, por lo que mis respuestas serán dadas en consecuencia: golpearé a esa persona, huiré o me quedaré asustada, lo que afectará seriamente a mi estado de alerta ya que en vez de centrarme en la conversación estaré siempre pendiente de que nadie me toque.

Todo esto influye en mi conducta, si siento como una amenaza las situaciones cotidianas de mi día a día, me mostraré más nerviosa, evitaré el contacto, me costará mantener un estado de alerta regulado y, por tanto, mostraré lo que se denomina conducta desorganizada.

Es importante que no olvidemos lo siguiente: las dificultades de procesamiento sensorial se dan cuando el problema viene durante ese proceso de recogida y análisis de la información. No hablamos de dificultades de procesamiento sensorial cuando una carencia en estructura u órgano. Sin embargo, sí que estos daños o ausencia de estructuras pueden provocar otras dificultades que sí podemos trabajar con este enfoque.

Hablamos de tratamiento a través de este enfoque cuando los órganos y estructuras no están dañados, pero sí se observan dificultades de organización conductual, respuestas desadaptativas y/o desregulación limitando la participación social del niño, restringiendo su juego y aprendizaje.

En próximas entradas, analizaremos cada sistema sensorial, cómo recibe y procesa la información, cómo identificar las dificultades de un procesamiento deficitario y qué estrategias podemos emplear para ayudar al niño a facilitar la regulación de su estado de alerta.

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